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Internet y los jóvenes fuera del aula, retos y posibilidades. Daniel Cassany

Introducción a un curso de Literatura, según Philip Roth

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En lugar de pasarme el primer día de clase hablándoles de la lista de lecturas y de la idea general de este curso, quisiera contarles a ustedes algunas cosas acerca de mí mismo que jamás le he revelado a ninguno de mis alum­nos. No tengo por qué hacerlo y hasta que entré en esta aula y me senté no estaba muy seguro de que fuera a hacerlo. Aún es posible que cambie de idea. Porque, ¿cómo puedo justificar la revelación ante ustedes de los detalles más íntimos de mi vida personal? Cierto que nos reunire­mos tres horas por semana en el transcurso de los próximos dos semestres para comentar libros y sé por experiencia, tal como saben ustedes, que en estas condiciones pueden desarrollarse unos profundos lazos de afecto. No obstante, todos sabemos también que ello no me autoriza a ceder a lo que tal vez no sea más que una manifestación de im­pertinencia y mal gusto.

Tal como ustedes ya habrán deducido —tanto por mi estilo de vestir como por el estilo de mis observaciones iniciales—, las convenciones que tradicionalmente rigen la relación entre alumno y profesor son más o menos aquellas a las que siempre me he atenido incluso durante la turbu­lencia de estos últimos años. Me han dicho que soy uno de los pocos profesores que quedan que se dirigen a los alum­nos de la clase con el tratamiento de «señor» y «señorita» en lugar de utilizar sus nombres. Y aunque ustedes puedan acudir aquí con los atuendos que más gusten —vestidos de mecánico de garaje, de pordioseros, de gitanos de salón o de tratantes de ganado—, yo prefiero presentarme ante ustedes vestido con chaqueta y corbata… Si bien, tal como tendrán ocasión de comprobar los más observadores, se tratará casi siempre de la misma chaqueta y la misma cor­bata. Y cuando las alumnas vengan a mi despacho para discutir alguna cuestión conmigo, éstas podrán observar, si se molestan en prestar atención al hecho, que mientras dure nuestra conversación, yo dejaré abierta la puerta que da acceso al pasillo. A algunos de ustedes les divertirá que me quite el reloj de pulsera, tal como he hecho hace unos momentos, y lo coloque junto a mis notas al comienzo de cada clase. Ahora ya no recuerdo cuál de mis profesores solía controlar cuidadosamente el paso de la hora de esta guisa, pero parece ser que ello me produjo una honda im­presión en su calidad de un profesionalismo con el cual gusto todavía de identificarme.

Con todo ello, no pretendo decir que trataré de ocultar­les a ustedes que estoy hecho de carne y hueso… o que comprendo que ustedes también lo están. Al término del curso, es posible que ya se hayan hartado un poco de mi insistencia en las relaciones que existen entre las novelas que lean ustedes con vistas a esta clase, incluso las nove­las más excéntricas y descabelladas, y lo que ustedes saben ahora de la vida.  Descubrirán ustedes (y no todos aproba­rán) que no estoy de acuerdo con algunos de mis colegas para quienes la literatura, en sus momentos más valiosos e intrigantes, «carece fundamentalmente de referencias». Es posible que me presente ante ustedes con chaqueta y cor­bata y que me dirija a ustedes como «señor» y «señora», a pesar de lo cual les rogaré que se abstengan, en mi presen­cia, de hablar de «estructura», «forma» y «símbolos». Creo que muchos de ustedes ya están lo suficientemente intimi­dados por su primer curso de estudios universitarios y de­berían tener la oportunidad de recuperarse y devolver la respetabilidad a aquellos intereses y entusiasmos que con toda probabilidad les indujeron, al principio, a la lectura de libros y de los que ahora no debieran de avergonzarse. Como experiencia, es posible que deseen ustedes, durante este curso, tratar de cualquier terminología de aula, aban­donar lo de «argumento» y «personaje» junto con aquellas exaltadas palabras con las cuales no pocos de ustedes gus­tan de conferir solemnidad a las observaciones como, por ejemplo, «epifanía», «persona» y, como es lógico, «existencial» en su calidad de modificador de todo cuanto existe bajo el sol. Se lo sugiero a ustedes en la esperanza de que, si hablan acerca de Madame Bovary en más o menos el mismo lenguaje que utilizan con el tendero o con su aman­te, tal vez se encuentren situados en una relación más ínti­ma, interesante e incluso podríamos decir más referencial con Flaubert y su heroína.

En realidad, uno de los motivos de que las novelas que haya que leer durante este primer semestre guarden rela­ción, en un mayor o menor grado de obsesión, con el deseo erótico es el hecho de haber pensado que las lecturas orga­nizadas alrededor de un tema con el cual todos ustedes están en cierto modo familiarizados, tal vez les ayude a localizar mejor estos libros en el mundo de la experiencia y a evitar, por otra parte, la tentación de clasificarlos den­tro de este maleable inframundo de los artificios literarios, los temas metafóricos y los arquetipos míticos. Por encima de todo, espero que a través de la lectura de estos libros, puedan ustedes aprender algo útil acerca de la vida en uno de sus más desconcertantes y enloquecedores aspectos. Y espero que yo también pueda aprender algo.

Muy bien. Tras haber dicho todo esto con el fin de ganar tiempo, ha llegado la hora de empezar a revelar lo irrevelable: la historia del deseo del profesor. Sólo que no puedo todavía hacer tal cosa hasta que no haya explicado a mi entera satisfacción, sino a la de sus padres, el motivo de que haya pensado en la posibilidad de convertirles en mis voyeurs, en mis jurados y confidentes, de que desee exponer mis secretos a unas personas a las que doblo la edad y a quienes, en su casi totalidad, jamás he conocido ni siquiera como estudiantes. ¿Por qué busco este público siendo así que la mayoría de hombres y mujeres prefieren guardarse estas cuestiones enteramente para sí mismos o revelarlas únicamente a sus confesores de más confianza, seglares o bien religiosos? ¿Qué es lo que me induce a considerar apremiantemente necesario, o por lo menos apropiado, pre­sentarme ante unos jóvenes desconocidos en el papel, no de su profesor, sino en el primero de los textos del se­mestre?

Permítanme contestarles con una llamada a su corazón.

Me gusta enseñar literatura. Raras veces me encuentro más a gusto que cuando estoy aquí con mis hojas de notas y mis textos marcados en compañía de personas como ustedes. En mi opinión, no hay nada en la vida que se parezca a un aula. A veces, cuando estamos hablando —cuando, por ejemplo, uno de ustedes ha conseguido llegar con una sola frase a la misma esencia del libro que estamos comentan­do—, siento deseos de gritar: «¡Queridos amigos, aprecien esto!» ¿Por qué? Porque, cuando se vayan de aquí, la gente raras veces, o nunca, les va a hablar o les va a escuchar tal como ustedes hablan y se escuchan irnos a otros o me escuchan a mí en esta clara y pequeña estancia desnuda. Tampoco es probable que tengan ustedes fácilmente opor­tunidad en otro sitio de hablar sin turbación acerca de lo que ha sido más importante para hombres tan entregados a las luchas de la vida como Tolstoi, Mann y Flaubert. Dudo que sepan ustedes hasta qué extremo resulta emocionante oírles hablar reflexivamente y muy en serio acerca de la soledad, la enfermedad, el anhelo, la pérdida, el sufrimien­to, la decepción, la esperanza, la pasión, el amor, el terror, la corrupción, la calamidad y la muerte…, conmovedor porque tienen ustedes diecinueve y veinte años, porque pro­ceden en su mayoría de cómodos hogares de la clase media y no guardan todavía en sus carpetas demasiadas experien­cias debilitantes…, pero también porque, curiosa y triste­mente, es muy posible que ésta sea la última ocasión que tengan de reflexionar en forma seria y coherente acerca de las implacables fuerzas con las cuales, a su debido tiempo, todos ustedes tendrán que luchar lo quieran o no.

¿He conseguido explicar con claridad el motivo de que nuestra clase me parezca, de hecho, el escenario más ade­cuado para el relato de mi historia erótica? ¿He conseguido legitimar, con lo que acabo de decir, mi deseo de que me dediquen su tiempo, su paciencia y su matrícula? Se lo expresaré con más claridad: lo que es una iglesia para un auténtico creyente lo es para mí una clase. Algunos se arro­dillan el domingo para rezar, otros se colocan las filacterias al amanecer… y yo me presento tres veces por semana, con mi corbata anudada alrededor del cuello y mi reloj de pulsera sobre la mesa para ilustrarles a ustedes los grandes relatos. Alumnos de mi clase, este año he estado viviendo el punto culminante de una profunda emoción. Ya llegaremos también a eso. Entretanto, si es posible, les ruego que ten­gan a bien soportar mis divagaciones. En realidad, lo único que deseo es presentarles mis credenciales para la ense­ñanza en el curso de Literatura 341. Por muy indiscretas, poco profesionales e insípidas que puedan antojárseles a algunos de ustedes determinadas partes de estas revelacio­nes, quisiera, con su permiso, seguir adelante y ofrecerles un sincero relato de la vida que con anterioridad he con­ducido como ser humano. Soy aficionado a la novela y les aseguro a ustedes que a su debido tiempo les contaré todo lo que sepa acerca de este género, aunque, a decir verdad, nada viva en mí como mi propia vida.

Roth, Philip (1978). El profesor del deseo. Barcelona: Grijalbo, pp. 203-207.

 

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