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Los libros y su trascendencia, Mario Vargas Llosa

mayo 12, 2017

Con motivo de su cumpleaños número 81, Mario Vargas Llosa estuvo en la ciudad para hacer entrega del tercer lote de libros que están en la biblioteca que lleva su nombre. A continuación, un extracto del discurso que dio ese día donde resalta su amor por los libros y la lectura, en este domingo que se recuerda el día de este instrumento tan importante para la cultura como son los libros

Con esta entrega tengo la impresión que son unos quince mil y pico de libros de mi biblioteca que se han trasladado a Arequipa. Queda la otra mitad y los libros que vaya adquiriendo en el tiempo que me queda de vida, que espero sea largo. Todos ellos van a venir a alojarse en esta casa y a encontrar a sus hermanos que los han precedido en la mudanza.

Desprenderse de los libros que uno ha acumulado a lo largo de los arios, es siempre una experiencia triste. Sobre todo muy triste para alguien que ha amado los libros tanto como yo.

Siempre he dicho que aprender a leer fue la experiencia más importante de mi vida, que la manera como el mundo se ensanchó, se alargó, se enriqueció gracias a esa operación mágica que prolonga darse a un mundo de aventura gracias a la lectura, gracias a las historias inventadas. Es algo que engrandeció mi vida de una manera que siempre recuerdo con inmensa nostalgia.

Aprender a leer, fue aprender a vivir muchas vidas, salir de la mía propia e incorporarme a las de héroes de destinos extraordinarios, a viajar en la geografía, a vivir en otros continentes, en otras ciudades y también a viajar en el tiempo, desde los tiempos más remotos, incluso viajar hacia el futuro acompañado por la fantasía de los grandes inventores de mundos y ciudades.

Quizá mi vocación de escritor nació allí, cuando era todavía un niño de pantalón corto y leía las historias de Salgari o de Julio Verne, de Alejandro Dumas, incorporándome a ellas con todos mis sentimientos y viviendo como un personaje más estas aventuras fantásticas que salían de los libros.

Por todo esto, desde luego que me apena mucho separarme de mis libros, pero me consuela saber que esta mudanza de mi biblioteca particular a Arequipa va a servir para que muchos arequipeños, para que muchos compatriotas míos, vivan las mismas experiencias que estos libros me hicieron vivir y a través de ese placer extraordinario que proporcionan los buenos libros, aprendan muchas cosas.

Aprendan que el mundo no ese mundo pequeñito que nosotros vivimos y estamos condenados a vivir, sino que hay allende las fronteras un mundo enormemente diverso, variado, un mundo de gentes que tienen otras lenguas, que practican otras religiones y otras costumbres. Y que a pesar de esa extraordinaria diversidad que conforma el mundo, hay muchas más cosas que unen que aquejas que puedan distanciarnos o incomunicamos.

Creo que esa es una de las cosas maravillosas que los libros nos enseñan. Que, por encima de nuestra patria hay otras patrias que también son las nuestras y que gracias a los libros podemos apoderamos, ser ciudadanos de ellas y descubrir a través de esa experiencia que la humanidad es una sola. Que no hay disparate más estúpido que las guerras, que los prejuicios, que los nacionalismos, que solo sirven para separar a la sociedad, a las naciones y crear barreras artificiales que muchas veces conducen a la incomunicación y a la violencia.

Los libros no solo nos producen un extraordinario placer, nos hacen vivir otras vidas como si fueran nuestras. Los libros también despiertan esa solidaridad por encima de las diferencias que son tantas en esa infinita riqueza que es la humanidad. Los libros también generan en nosotros un malestar o una cierta incomodidad cuando regresamos, luego de vivir la experiencia maravillosa de esas sociedades tan ricas, tan perfectas, tan armoniosas que son las que inventa la literatura a la realidad real, al mundo cotidiano que parece siempre por debajo de aquel mundo que nosotros somos capaces de inventar a través de la creación, de la fantasía y a través de la lengua.

Ese malestar es el gran motor del progreso y de la civilización. El poder imaginar mundos distintos a los nuestros, al mundo en que vivimos, es lo característico de lo humano, es lo que nos diferencia del mundo animal. Eso es lo que no has sacado de las cavernas y a lo largo de los siglos nos ha llevado a conquistar la materia y a llegar incluso a las estrellas.

Ese espíritu crítico ha surgido en gran parte gracias a la ficción, gracias a la capacidad de salir de nosotros mismos y de inventar otros mundos, y nadie ha contribuido más a crear esa distancia entre la realidad vivida y la realidad soñada que la literatura.  La literatura es un mundo que está allí, al alcance de nuestras manos a través de la lectura.

Por eso es que los libros son tan importantes, no solo por el placer que nos producen que es enorme, no solo porque gracias a los buenos libros aprendemos a conocer mejor nuestro idioma, esta riquísima lengua que es la nuestra desde hace más de quinientos años.  Conocer nuestra lengua es saber expresarse con mayor precisión, matizando mejor nuestras ideas y hablar bien no solo significa conocer bien esa lengua que es la nuestra, sino pensar bien, pensar con claridad pensar con perspectiva, tomando la distancia necesaria para entender mejor las cosas.

Significa sobre todo, y principalmente, desarrollar en nosotros un espíritu crítico. Sentir que el mundo es insuficiente para todo aquello que nos gustaría que el mundo tuviera y nos ofreciera, esa actitud de distancia, esa actitud crítica frente al mundo, ha sido lo que nos ha permitido transformarnos, cambiar la sociedad, humanizamos y crear las grandes cosas que ha creado la humanidad a lo largo de su historia.

Por eso, aunque por una parte aunque me apena que mis libros me hayan abandonado y se hayan venido a Arequipa. Por otra parte, me alegra mucho que estén aquí, una ciudad que no solo es la mía sino que quiero mucho, una ciudad que se asocia mucho a mi familia materna que en realidad ha sido siempre mi verdadera y mi única familia.

Como ustedes saben salí de Arequipa cuando tenía un año de vida, de tal manera que no tengo recuerdos personales de mi infancia, pero sí tengo muchos recuerdos de Arequipa porque mi familia, que era una familia muy arequipeña, que ejercitaba de arequipeña, se llevó consigo todos los recuerdos, las emociones, una irreprimible nostalgia de su ciudad natal.

Yo crecí en Cochabamba, Bolivia, exactamente como si al mismo tiempo estuviera en Arequipa porque mi madre, mis tíos, mis abuelos, hablaban todo el tiempo de Arequipa. No solo volcaban sus recuerdos de la Ciudad Blanca, del Misti, de los volcanes, de sus distritos, de su campiña, de su cielo luminoso sino nos lo contagiaban a los jóvenes de la familia que los hacíamos nuestros.

Yo crecí en Cochabamba sintiéndome muy arequipeño y hablando como un arequipeño, lo primero que se preocuparon muchísimo mis abuelos y mi madre es que supiera pronunciar las elles como las pronuncian los arequipeños y los limeños son incapaces de hacerlo.

Crecí conociendo los barrios de Arequipa, los barrios donde habíamos vivido, los barrios donde mis tíos y mi madre habían jugado, pasado por los ritos de la adolescencia, de tal manera que aunque casi no he vivido en Arequipa, he estado siempre vinculado. Siempre me he sentido muy arequipeño, he sentido una enorme solidaridad y vinculación con esta enorme y gallarda tierra. La tierra de las revoluciones.

A mí no me gustan las revoluciones, pero las revoluciones de Arequipa a lo largo de la historia peruana han sido revoluciones en el mejor sentido de la palabra, revoluciones contra los tiranos, contra las dictaduras, revoluciones en nombre de esa legalidad profundamente enraizada en Arequipa y que por eso ha dado notables juristas y abogados.

No quiero extenderme más, no quiero terminar de la manera triste con la que empecé estas palabras. Sino de una manera alegre, festejando las mejores tradiciones de esta tierra querida y agradeciendo una vez más a Arequipa, a sus autoridades, tantas demostraciones de cariño y de afecto que me han dado.

Nunca olvidaré la manera como mi tierra celebró el premio Nobel. Fue para mí un espectáculo maravilloso ver esa alegría con la que los arequipeños me recibieron y festejaron ese extraordinario reconocimiento. Fue viendo ese espectáculo que decidí que mi biblioteca debía venir aquí. Fue una decisión difícil, pero al mismo tiempo hermosa y de la que nunca me he arrepentido.

Publicado en el Suplemento Dominical ES de El Pueblo, 23-04-17

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