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El Sueño del Celta, Mario Vargas Llosa

febrero 18, 2012

En la novela de Vargas Llosa, El Sueño del Celta (Lima, Alfaguara, 201o), se expresan algunas reflexiones sobre diferentes tópicos. Los que se han llegado a identificar son los siguientes:

A través de su personaje central, Roger Casement, formula lo que constituye el pensamiento del colonizador:

“Su pasión por África y su empeño en hacer méritos en la compañía lo llevaban a leerse con cuidado, llenándolos de anotaciones, los folletos y las publicaciones que circulaban por las oficinas relacionadas con el comercio marítimo entre el Imperio británico y el África Occidental, Luego, repetía convencido las ideas que impregnaban esos textos. Llevar al África los productos europeos e importar las materias prima que el suelo africano producía, era más que una operación mercantil, una empresa a favor del progreso de pueblos detenidos en la prehistoria, sumidos en el canibalismo y la trata de esclavos. El comercio llevaba allá la religión, la moral, la ley, los valores de la Europa moderna, culta, libre y democrática, un progreso que acabaría por transformar a los desdichados de las tribus en hombres y mujeres de nuestro tiempo.” (p. 26)

Posteriormente, hay algunas ideas acerca de cómo se escribe la Historia. Esto lo hace en relación a su relato del “Alzamiento de Pascua”, una rebelión de Irlanda en contra del Reino Unido que tuvo lugar entre el 24 y 29 de abril de 1916:

“Por las preguntas de Thomson y Hall durante aquellos interrogatorios descubrió que el Gobierno inglés sospechaba que él había llegado de Alemania para encabezar la insurrección. ¡Así se escribía la Historia! El, que vino a tratar de atajar el Alzamiento, convertido en su líder por obra del despiste británico. El Gobierno le atribuía desde hacía tiempo una influencia entre los independentistas que estaba lejos de la realidad. Quizás eso explicaba las campañas de denigración de la prensa inglesa, cuando él estaba en Berlín, acusándolo de venderse al Káiser, de ser un mercenario además de un traidor, y, en estos días, las vilezas que le atribuían los diarios londinenses. ¡Una campaña para hundir en la ignominia a un líder supremo que nunca fue ni quiso ser! Eso era la historia, una rama de la fabulación que pretendía ser ciencia.” (pp. 273-274)

En la lucha por terminar con las atrocidades que se cometían en la Amazonía, uno de los personajes, el Dr. Dickey le comenta a Casement:

“—La maldad la llevamos en el alma, mi amigo —decía, medio en broma, medio en serio—. No nos libraremos de ella tan fácilmente. En los países europeos y en el mío está más disimulada, sólo se manifiesta a plena luz cuando hay una guerra, una revolución, un motín. Necesita pretextos para hacerse pública y colectiva. En la Amazonia, en cambio, puede mostrarse a cara descubierta y perpetrar las peores monstruosidades sin las justificaciones del patriotismo o la religión. Sólo la codicia pura y dura. La maldad que nos emponzoña está en todas partes donde hay seres humanos, con las raíces bien hundidas en nuestros corazones.” (p. 298)

En esa línea también puede observarse la frustración ante lo poco o nada que se lograba al intentar cambiar las cosas:

“Todo era así. Roger se sentía mecido en un remolino adormecedor, dando vueltas y vueltas en el sitio, manipulado por fuerzas tortuosas e invisibles. Todas las gestiones, promesas, informaciones, se descomponían y disolvían sin que los hechos correspondieran jamás a las palabras. Lo que se hacía y lo que se decía eran mundos aparte. Las palabras negaban los hechos y los hechos desmentían a las palabras y todo funcionaba en la engañifa generalizada, en un divorcio crónico entre el decir y el hacer que practicaba todo el mundo.” (p. 307)

No obstante, en la narración puede constatarse cómo a través de la denuncia, la presión política y mediática puede modificar en algo las causas de los tratamientos inhumanos a los nativos de la Amazonía. Así se relata la caída del imperio de Julio C. Arana:

“Las acciones de la empresa de Julio C. Arana empezaron a caer en la Bolsa de Londres. Y, aunque ello se debía en parte a la competencia que ahora hacían al caucho amazónico las flamantes exportaciones de caucho procedente de las colonias británicas del Asia —Singapur, Malasia, Java, Sumatra y Ceilán—, sembrado allá con retoños sacados de la Amazonia en una audaz operación de contrabando por el científico y aventurero inglés Henry Alexander Wickham, el hecho neurálgico del derrumbe de la Peruvian Amazon Company fue la mala imagen que adquirió ante la opinión pública y los medios financieros a raíz de la publicación del Libro Azul. El Lloyd’s le cortó el crédito. En toda Europa y Estados Unidos muchos bancos siguieron este ejemplo. El boicot al jebe de la Peruvian Amazon Company promovido por la Sociedad contra la Esclavitud y otras organizaciones privó a la Compañía de muchos clientes y asociados.” (p. 329)

Joseph Plunkett, uno de los líderes del alzamiento antes señalado, refleja la naturaleza del compromiso con las causas. Así se lo expresa el padre Crotty a Casement:

“—Este muchacho es alguien fuera de lo común, sin duda. Por su inteligencia y por su entrega a una causa. Su cristianismo es el de esos cristianos que morían en los circos romanos devorados por las fieras. Pero, también, el de los cruzados que reconquistaron Jerusalén matando a todos los impíos judíos y musulmanes que encontraron, incluidas mujeres y niños. El mismo celo ardiente, la misma glorificación de la sangre y la guerra. Te confieso, Roger, que personas así, aunque sean ellas las que hacen la Historia, a mí me dan más miedo que admiración.” (pp. 419-420)

Y más adelante se complementa con lo que dice el mismo Plunkett:

“—Permítame hablarle con franqueza, sir Roger —murmuró, por fin, con la seriedad de quien se sabe poseedor de una verdad irrefutable—. Hay algo que usted no ha entendido, me parece. No se trata de ganar. Claro que vamos a perder esa batalla. Se trata de durar. De resistir. Días, semanas. Y de morir de tal manera que nuestra muerte y nuestra sangre multipliquen el patriotismo de los irlandeses hasta volverlo una fuerza irresistible. Se trata de que, por cada uno de los que muramos, nazcan cien revolucionarios. ¿No ocurrió así con el cristianismo?” (p. 420)

Finalmente, en el diálogo entre Casement y el padre Crotty se expresa:

“—Todos esos jóvenes se van a hacer matar, van a ser carne de cañón, padre Crotty. Con fusiles y revólveres que ni siquiera sabrán cómo disparar. Cientos, millares de inocentes como ellos enfrentándose a cañones, a ametralladoras, a oficiales y soldados del Ejército más poderoso del mundo. Para no conseguir nada. ¿No es terrible?

—Desde luego que es terrible, Roger —asintió el religioso—. Pero tal vez no sea exacto que no conseguirán nada.

Hizo otra larga pausa y luego se puso a hablar despacio, dolido y conmovido.

—Irlanda es un país profundamente cristiano, usted lo sabe. Tal vez por su situación particular, de país ocupado, fue más receptivo que otros al mensaje de Cristo. O porque tuvimos misioneros y apóstoles como St. Patrick enormemente persuasivos, la fe prendió más hondo allí que en otras partes. La nuestra es una religión sobre todo para los que sufren. Los humillados, los hambrientos, los vencidos. Esa fe ha impedido que nos desintegráramos como país pese a la fuerza que nos aplastaba. En nuestra religión es central el martirio. Sacrificarse, inmolarse. ¿No lo hizo Cristo? Se encarnó y se sometió a las más atroces crueldades. Traiciones, torturas, la muerte en la cruz. ¿No sirvió de nada, Roger?

Roger recordó a Pearse, Plunkett, a esos jóvenes convencidos de que la lucha por la libertad era mística a la vez que cívica.

– Entiendo lo que usted quiere decir, padre Crotty. Yo sé que personas como Pearse, Plunkett, incluso Tom Clarke, que tiene fama de realista y práctico, saben que el Alzamiento es un sacrificio. Y están seguros de que haciéndose matar crearán un símbolo que moverá todas las energías de los irlandeses. Yo entiendo su voluntad de inmolación. Pero ¿tienen derecho a arrastrar a gentes que carecen de su experiencia, de su lucidez, a jóvenes que no saben que van al matadero sólo para dar un ejemplo?

—Yo no tengo admiración por lo que hacen, Roger, ya se lo he dicho —murmuró el padre Crotty—. El martirio es algo a lo que un cristiano se resigna, no un fin que busca. Pero ¿acaso la Historia no ha hecho progresar
a la humanidad de esa manera, con gestos y sacrificios?” (pp. 436-437)

A pesar de todas las evidencias en contra de Julio C. Arana, éste no asume que se ha comportado transgrediendo normas morales básicas y cree que ha actuado bien:

“…un largo telegrama retuvo su atención. Era del cauchero Julio C. Arana. Estaba fechado en Manaos y escrito en un español que hasta Roger podía advertir abundaba en incorrecciones. Lo exhortaba «a ser justo confesando sus culpas ante un tribunal humano, sólo conocidas por la Justicia Divina, en lo que respecta a su actuación en el Putumayo». Lo acusaba de haber «inventado hechos e influenciado a los barbadenses para que confirmaran actos inconscientes que nunca sucedieron» con el único fin de «obtener títulos y fortuna». Terminaba así: «Lo perdono, pero es necesario que usted sea justo y declare ahora en forma total y veraz los hechos verdaderos que nadie los conoce mejor que usted» (p. 439)

En el epílogo de su novela Vargas Llosa reitera el pensamiento acerca de la naturaleza contradictoria del ser humano:

“Lentamente sus compatriotas se fueron resignando a aceptar que un héroe y un mártir no es un prototipo abstracto ni un dechado de perfecciones sino un ser humano, hecho de contradicciones y contrastes, debilidades y grandezas, ya que un hombre, como escribió José Enrique Rodó, «es muchos hombres», lo que quiere decir que ángeles y demonios se mezclan en su personalidad de manera inextricable.” (p. 449)

Última actualización: 04-01-14

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From → Literatura

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